3.14.2007

BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-5

ESCUELA EN EL CARRASCAL

- Y cuando aquello de las cartas ¿surgió tu colegio?
- ¡Ay mi colegio! La temporadilla que estaba en Hornos, si era un mes, pues un mes que iba a la escuela. Luego mis padres sentían nostalgia, “ay mi nena”, y me llevaban otra vez al cortijo. Y ya perdía la escuela.

Sé un poquito leer gracia a mi abuela materna, que era de Lorca, que sí tenía una gran formación. Escribía y leía y por eso estuvo de maestra municipal en Hornos. Ella fue la que enseñó a mis hermanos y a mí. Cuando me bajaban al cortijo, en La Laguna, hubo un maestro, que no era titulado ni tampoco era el Maestro Matías, sino el Maestro Benito. Una hija del Maestro Matías que se llamaba doña Eugenia, tuvo escuela en el Carrascal.

Pero el Maestro Benito era un señor mayor, muy bondadoso y muy bonachón que sólo sabía eso: leer y escribir y las cuatro reglas. Con él me mandaba mi padre a la escuela. Pagaban un duro al mes y si tenía veinte niños, con arreglo a los niños que había comía en cada casa. Si había dos niños, pues iba dos días a comer a esa casa y así hasta que se les acababan los niños y las casas y luego, vuelta otra vez a la rueda. Pero yo que era malísima con las matemáticas, el Maestro Benito me pegaba unos coscorrones que todavía me acuerdo. ¡Ay qué lástima! Cuando iba a comer a mi casa le decía mi madre: “Maestro Benito, ¿cómo va la niña?”. “Muy bien de todo pero con los números no puede”. Le decía él. ¡Ay qué lástima! Contar del Soto... corta fue mi vida en él pero tan intensa y de tantos recuerdos...

Fue en la época de los soldados y la guerra, cuando el Maestro Benito tuvo su éxito. Empezaron a acudir los muchachos empujados por los padres. Y las muchachas acudían más a mi abuela. Entonces fue cuando me mandaron al maestro Benito a ver si me podía meter las matemáticas en la cabeza. Cuando mis padres vieron que era inútil, me llevaron al Carrascal a doña Eugenia. Una maestra buenísima y bondadosa. Buscó ella la manera para que me entraran los números. Como era escuela mixta, me sentó en un banco junto a un muchacho del Carrascal que era un fenómeno con los números pero no había quién le hiciera aprender a leer. Y yo era todo lo contrario.

Acepté aquello como la cosa más natural. Pa mí decía: “El sabe números y yo no pero yo sé leer y él no”. Cuando me ponían las cuentas delante sólo me acordaba de Eufrasina, la que tocaba el acordeón porque era la ilusión de mi vida: la música. Un día, este muchacho, como se puso celoso porque no encajó bien eso de que nos pusieran juntos, en el recreo me esperó. Me acechó escondido detrás de una carrasca y empezó a pegarme puñetazos en la cara. Me hizo sangrar las narices y la boca y gracias a mi prima Virginia, la que siempre me protegía y hasta de pequeña me mecía en la cuna, que acudió y me salvó. Nos llevó a la maestra y le explicó lo que había pasado.

Entonces el muchacho dijo que me había tomado aquel odio porque le daba rabia ver que yo sabía leer y el no. Doña Eugenia le dijo: “Pero mira como ella, que no sabe números, no te ha hecho a ti nada. No se siente celosa. ¿Por qué le pegas tú?” A la maestra le pesó mucho habernos puestos juntos y lo convenció a él de que si yo era buena para una cosa, él lo era para otra. Que no debía tenerme rabia por aquello. Pero yo le tomé tanto miedo que ya no fui más a la escuela del Carrascal. A partir de entonces, no tuve más maestra que mi abuela. De ella heredé el amor a las letras, a las flores, a todo lo bello de la naturaleza y de mi padre había heredado, la voz y el amor a la música. Por eso tenía yo tanto interés en la música que tocaba Eufrasina con su acordeón.

Y te digo esto de mi abuela, para ir entrando en ese recuerdo tan bonito y repleto que tengo de ella. Poco a poco ya te iré contando para que te empapes de sus bellezas humanas y espirituales. Porque entre otras muchas cosas, mi abuela tenía una virtud que hasta hace muy poco no he llegado a comprender. Y era la virtud de sembrar palabras de consuelo en las personas y ejemplos de amor en sus hechos para hacer un poco más feliz las vidas de aquellos con los que convivía y se rozaba. Y esto hasta lo materializaba sembrando en el cortijo de mi Soto, todas aquellas plantas que se encontraba por el campo.

Estos son dones que da Dios. Cualquier tallo de planta que se encontrara donde fuera, lo plantaba y le agarraba. Y con aquello y otras cosas, mi abuela parecía que transmitía vida, lo mismo a las personas que a las plantas. Y en el roble que te conté que estaban las parras de las uvas, que aquel roble lo partió un rayo, en la sombra de aquel roble y aquel huerto, tenía mi abuela un jardín que era la admiración de todo el mundo. Todos los que iban por el camino, se paraban y una de las cosas que siempre hacían, era ver el jardín de mi abuela. Todo cultivado por ella y con sus propias manos. Cualquier planta que ella pusiera en la tierra, le agarraba y daba sus flores. Hasta para esto tenía ella una gracia especial recibida de Dios.

Cada día, conforme va pasando el tiempo y voy envejeciendo, estoy valorando más las cosas que mi abuela me enseñaba. Yo entonces no le daba importancia porque me parecía que no las tenía pero ahora veo que sí lo son. Por ejemplo: la manera que tenía mi abuela de inculcarme buenos modales y costumbres, le salía de la forma más sencilla. Con lo poquito que había al alcance.

De las hortalizas me decía: “Si coges un tomate y tienes que partir la mitad, haz dos partes y procura que una sea más grande que la otra. Y a la amiga con quién partas ese tomate, dale siempre la parte mayor. O si posees tres caramelos y tienes que compartirlo con tu amiga, dale dos a ella y uno para ti. Y siempre, cuando des algo, procura que lo mejor sea para el otro”.

También me decía que al empezar a comer en la mesa, nunca fuera yo la primera. Que siempre esperara a que empezaran los mayores. “Si estamos comiendo todos el mismo plato y por tu lado sale algo que te gusta, cógelo y se lo das a la persona que tengas cerca”. Estas cosas así que yo entonces no le daba importancia y ahora que me doy cuenta, me digo pero Dios mío ¿cuánto valía mi abuela?

Cantinuará…

No hay comentarios: