3.23.2007

BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-49

La fanega de trigo -3

Yo escucho con atención las cosas que me cuenta mi abuela y como mi tristeza se va animando, al terminar el segundo relato, le digo:
- Si tú me contaras un cuento más, me pondría contentica, porque hay que ver, abuela, qué cosas le ocurrían a la princesa aquella.
Y mi abuela:
- Te voy a narrar un último cuento aunque lo del rey y la reina, en aquel país extraño, casi no tiene fin pero esto es lo último porque ya hay bastante para hacerse una idea de lo que le pasó a esta familia y cómo eran aquellas personas que encontraron.
Y yo:
- Pues te escucho, abuela.

Y ella empezó diciendo que: “Estando en este país extraño, un día, al padre rey, le ocurrió lo siguiente: vino un año de mucha escasez por la sequía que hubo pero el rey tuvo suerte de que las poquitas tierras que pudo comprar fue en un terreno fresco y por esto las sementeras aguantaban mejor tan dura sequía. Además, el rey con sus hijos y su mujer, sabiendo que aquello era el único patrimonio que tenían y lo único que podía producirles un poco de pan para su casa, lo cuidaban con tanto esmero y lo trabajaban tanto, que las tierras daban su fruto. Aquellas tierras nunca dieron mala cosecha. Como suele decirse: “Dios les quitó con una mano y les dio con la otra”.

En aquel año de gran hambre, cierto día por la noche, se presentó en la casa de la familia real destronada en país extranjero, un hombre natural del pueblo. Aquel hombre era padre de una familia muy numerosa y estaban pasando muchas necesidades. Sólo se alimentaban de hierbas del campo cocidas. Se morían de hambre y por eso aquella noche el hombre se presentó angustiado y desesperado en la casa del rey sin trono y le dijo que estaba sin esperanza porque había acudido a la casa de muchas personas conocidas a pedirle un poco de trigo para ir al molino, molerlo y poder hacer unos panecillos y cocerlos en el rescoldo de la lumbre y así darle un poco de alimento a sus hijos y mujer que se morían de hambre y nadie le daba trigo. Transcurrían tiempos difíciles y había personas que recogían mucho grano pero eran avaros y lo vendían a precios altísimos para enriquecerse.

Fue a un sitio donde sabía que habían recigido una buena cosecha y les pidió una fanega de grano prestada hasta que se recogiera la cosecha del verano, porque este hombre también tenía su trigico sembrado. Y entonces aquel hombre le dijo que sí, que le daba la fanega de trigo pero en la cosecha tenía que devolverle el doble. Que por una fanega de trigo que él le prestara luego tenía que devolverle dos fanegas. Esto era usura. Claramente era una usura, porque abusaba del humilde aprovechando la situación tan necesitada que estaba pasando aquella familia.

Y entonces, aquel hombre le digo al rey:
- ¿Por qué no me da usted ese trigo que necesito para que los míos no se mueran y yo luego le doy fanega y media?
Y el rey contestó:
- Vete a por el costal y tráete tu burro que yo te echaré el trigo que me pides.
Y el hombre:
- Pero bueno ¿me va usted a cobrar fanega y media o dos fanegas?
Y el rey dijo:
- Yo no te cobraré dos fanegas. Cuando recojas tu cosecha, ya te diré lo que te voy a cobrar.

El hombre se fue a su casa, cogió el costal y llegó con el burro a casa del rey. Midieron la fanega de trigo, el hombre la cargó el burro y de noche se fue derecho al molino para molerlo. Aquella familia se salvó de morir de hambre, sobre todo las criaturicas, gracias a la fanega de trigo que le prestó el rey.

Ya llegó la recolección de la cosecha y este hombre fue y buscó al rey y le dijo:
- Ya he trillado yo mi palvica de trigo, ya lo tengo aventado y está el trigo esperando en el montón. Como no me dijo usted lo que me iba a cobrar, pues por eso no se lo he traído. Véngase conmigo y en la era medimos lo que usted diga. Lo que me pida porque me salvó a mis hijos.
El rey subió a la era con su costal, abrió la boca del costal, el hombre se agachó, llenó su media fanega, la vacío en el costal, se agachó otra vez, llenó otra media fanega, la volvió a echar en el costal y volvió a agacharse otra vez y del montón de trigo llenó otra media fanega, con la intención de haberle devuelto fanega y media. Pero cuando se levantó el hombre con la medida de la media fanega de trigo para volverla a vaciar en el costal, se encontró con que el rey había atado la boca del costal y le dijo:
- Ya hay bastante porque tengo lo mío.
Y el hombre le preguntó:
- Pero ¿cómo va a tener bastante si yo dije que le iba a devolver fanega y media?
Y el rey:
- Eso lo dijiste tú y no yo. Lo que te dije es que aquí en la era te diría lo que me tendrías que devolver. De mi boca no salió que yo te fuera a cobrar fanega y media. Eso fue lo que tú dijiste.

Entonces aquel hombre, soltó la fanega de trigo en el montón de la era, se abrazó al rey dándole las gracias y empezó a dar voces, porque todo aquello estaba lleno de eras donde las otras personas del pueblo limpiaban su trigo, y decía:
- ¡Escuchad y oid lo que ha hecho este hombre! Fui buscándolo porque se me morían los chiquillos de hambre y me echó una fanega de trigo y ahora viene, se lleva su fanega de trigo y no me cobra ningún rédito. Escuchad lo que digo: lo que ha hecho este hombre no hay quién lo haga en este pueblo. Esta buena obra no la hace nadie.

Y todas las personas, desde las otras eras, miraban y escuchaban absortos las palabras que aquel hombre pronunciaba y tampoco ellos daban crédito a lo que estaban viendo y oyendo.

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