3.18.2007

BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-22

P R E M I O FIN DE CURSO

De las muchas veces que por mi cortijo del Soto pasaba Eusebio el correo, en una ocasión venía llorando. Mi madre, a igual que todos los días, lo esperaba para recoger las cartas, al verlo le preguntó: “Eusebio ¿qué te pasa?” Eusebio le dijo: “María Josefa, ayer enterramos a mi mujer”. A mi madre le dio mucha pena porque este hombre había despertado una gran corriente de cariño entre todos los vecinos de los cortijos. Era una persona muy servicial y cumplidor de su trabajo. Le dijo que pasara al cortijo y como en aquellos tiempos no se tenía en las casas las cosas que se tiene hoy, mi madre le hizo una infusión de las hierbas que en la sierra nosotros siempre recogíamos. Se tranquilizó y luego siguió con su trabajo rumbo a Bujaraiza.

Te he recordado esto de Eusebio el correo por lo que te voy a decir. Ya sabes que algunas temporaillas las pasaba en mi pueblo de Hornos con mi abuela Asunción. Aunque fueran pocos días, siempre que estaba en el pueblo, asistía a la escuela. Dio la casualidad que en esta ocasión me cogió allí el final del curso. Eusebio el correo tenía un hijo que se llamaba Cesáreo y dos hijas que la mayor, creo, se llamaba Catalina y la otra Presentación. Si tenía más hijos, no me acuerdo, yo sólo recuerdo estos tres. La menor, que ya he dicho, creo era Presentación, vestía de luto como su hermana mayor.

Presentación estaba en la misma escuela que yo, que era la única escuela que entonces había en Hornos para niñas. Vestía de negro y se le veía siempre muy triste. Muy metida en ella misma pero era una niña angelical. Destacaba por su dulzura y lo amable que era con las otras compañeras. Pero sufría mucho por la muerte de su madre y nadie, ni siquiera la misma profesora, se percató del dolor tan grande que tenía aquella niña por la muerte de su madre. Se descubrió por lo que te voy a contar.

El día de final de curso, la maestra había preparado una banda de colores para premiar a la mejor niña del colegio. A la que por sus méritos y sus comportamientos, lo mereciera. Y la maestra la escogió a ella. Porque era no solamente aplicada sino de una conducta tan intachable, que no había otra niña en toda la escuela como ella. Pero cuando doña María, que así se llamaba la maestra, la llamó para colocarle la banda, la niña rompió a llorar llena de tristeza. La maestra enseguida: “Pero hija mía, ¿por qué lloras?” La niña, entre sollozos dijo: “Porque me acuerdo de mi madre. Y yo no quiero llevar nada de colores encima de la ropa negra. Se ha muerto y tengo luto por ella”.

Entonces la maestra comprendió el dolor de aquella niña y como pudo, trató de animarla. La cogió y le dijo: “No te preocupes Presentación. No te voy a obligar a que te pongas la banda de colores. Te la voy a doblar, la vas a coger en tu mano y en el recreo, tú juega con tus compañeras con tu banda cogida. Tú por esto no llores. Tu madre, desde el cielo te estará viendo y será feliz comprobando que tú aquí en la tierra has sido escogida entre todas las niñas para recibir este premio. Si lloras, ella sufrirá también. Ponte contenta y alégrate hoy con todas nosotras”.

Aquel día todas las niñas estuvimos jugando con ella. Todas queríamos consolarla y como no sabíamos qué podríamos hacer, la rodeábamos y la invitábamos a jugar. De esa muchacha, hasta hoy día, me ha quedado un recuerdo tan dulce y bello, que nunca la he podido olvidar. ¿Y sabes lo que yo decía aquel día? Al verla a ella tan triste y vestida de luto, todo era repetir en mi corazón: “¡Dios mío, que mi madre no se muera nunca!” Y a partir de entonces, siempre le pedí yo mucho al Señor para que no se muriera mi madre. Sabía que se tenía que morir, lo mismo que también cualquier día me voy a morir porque somos mortales pero yo lo que pedía es que no se me muriera todavía.

Creo que el Señor me lo concedió. Mi madre murió muy mayor. Ahora y siempre daré gracia a Dios por que me la dejara tantos años sobre esta tierra, porque aquella niña, de jovencita tuvo el dolor de haber perdido la suya. ¡Fíjate qué recuerdos tengo de Hornos! Estas cosas no se pueden olvidar nunca.

Otro recuerdo de aquella escuela y la maestra es que un día, nos llevó a todas las niñas, de excursión al salero para que lo viéramos. Esto fue durante el tiempo de la guerra. Vimos como brotaba el agua, como se convertía en sal y ella nos iba explicando el proceso de como se iba cristalizando. Me acuerdo que vimos unas piletas, unas alberquillas y el agua iba entrando, clara que parecía agua corriente pero luego se convertía en sal. Ella nos lo explicaba pero yo no me acuerdo. Y había allí unas piletas que estaban llenas de sal y aquello estaba precioso de tanta sal blanca que parecía nieve.

Los hombres que trabajaban allí tenían unas herramientas que parecían legones y con estos utensilios la recogían y la amontonaban para irla sacando y vaciar las piletas para que se llenaran otra vez de agua y que se fuera haciendo sal. Aquella sal, luego la iban vendiendo y como por allí todo el mundo hacia su matanza, pues aquella sal se distribuía por todos sitios. Mucha gente iba a los saleros a por sal para salar los jamones, los embutidos y para el gasto de las casas. Los saleros de mi pueblo de Hornos eran los que abastecían de sal a todos los cortijos de aquellos contornos.
No sé en qué otro sitio habría algún salero más, porque yo no tengo noticias nada más que de las salinas de Hornos. Le decían el Salero de Arriba y el Salero de Abajo y yo estuve, entrando por el pueblo de Hornos y estuvimos en el salero de arriba.

Y recordando de mi pueblo te digo que la Fuente de la Alcoba Vieja, es uno de los sitios más bonitos y más pintorescos y de más antigüedad en el pueblo. Es un agua muy buena y, además, brota en un rincón precioso. Estaba, que yo no sé si estará todavía, bajando de Hornos hacia Cortijos Nuevos, a la derecha. Y yo creo que esto después lo han arreglado y han hecho allí como un sitio de recreo muy espacioso y muy bonico. Pero antes que no estaba el agua corriente en el pueblo, yo he ido a este rincón muchas veces con mi abuela. Nos íbamos dando un paseo y al mismo tiempo nos subíamos agua para beber.

Como en el pueblo, ya te lo he dicho, entonces no había agua, al sitio que más se iba y la fuente más apreciada en Hornos, era la Fuente de la Alcoba Vieja. El agua potable entró al pueblo durante la guerra civil y una fuente la pusieron enfrente del cuartel de la Guardia Civil, la otra me parece que en la Rueda y la siguiente en la plaza de la Puerta de la Villa.

Hasta me acuerdo que para ir a la Alcoba Vieja, se pasaba por un punto donde crecían unos árboles que allí se le decían el árbol del paraíso. Echaba una flor que olía muy bien. Siempre que pasábamos mi abuela y yo o mi prima Ramona que nos íbamos a por agua, nos gustaba pararnos donde estaba el árbol para oler el aroma tan delicada que de él manaba.

Y la fuente estaba en un recodo hacia la derecha. Había una explanada pequeñita y enfrente mucho monte. Muchos pinos y mucha frescura. También, muchas personas del pueblo, iban a esta fuente a por agua con bestias. Nosotras casi siempre íbamos con nuestros porrones, que allí le decíamos porrones a lo que ahora se le llama botijos. Y para lavar, pues al lavadero de Camarilla o a la Alcoba Nueva que es el lavadero que se ve por la Puerta de la Villa. Al salir del pueblo por la Puerta de la Villa, había un lavadero que se le decía la Alcoba Nueva. Tenía agua en abundancia pero creo que aquella agua no se bebía o por lo menos no era tan buena como la de la Alcoba Vieja. Para beber de verdad, siempre íbamos a la Fuente de la Alcoba Vieja y por gusto de recrearnos en aquel sitio tan bonito.

La Puerta de la Villa de Hornos de Segura, era la única puerta que había para entrar al pueblo. De tiempos remotos y creo que desde que existió el pueblo de Hornos. No había otra cosa para entrar y salir. Por eso verás que es una construcción antigua, al estilo del castillo. Al salir lo que se ven son rocas muy descarnadas por el tiempo, una cuesta por donde entraba y salía el correo a pie. Y lo que ahora se llama la Puerta Nueva, aquello fue abierto a base de barrenos, rompiendo la roca para tajar el camino y darle entrada y salida a la carretera.

Y ya que estamos por ese rincón de la tierra mía, te voy a decir que poco antes de entrar al pueblo, por la carretera que sube de Cortijos Nuevos, a la derecha y por el lado de abajo, se ven unos restos de paredes viejas. Aquello fue una fábrica de aceite que hicieron pero mucho después de la de don Francisco Blanco y la de don Ignacio Avilés. Aquello fue una fábrica de aceite que se hizo allí y algo pasó que no dio resultado. Ya no funcionará pero los restos que se ven en el lugar, son de esto que te digo.

Y de mi prima Ramona y la escuela de Hornos, tengo otro recuerdo que sirve para demostrar lo buena que ella siempre fue conmigo, generosa desde que nació hasta que se muera. Yo tenía un problema con la pluma que escribía. Esas plumas que ya te he dicho eran metálicas y se engastaban en un palillero. Pues se me abrió y yo que de por sí no tenía mucha habilidad para escribir y, además, era pequeña, empecé a tener problemas. Mi prima Ramona estaba en la misma escuela que yo, era mayor y mucho más hábil e inteligente y se daba cuenta que todos los días me castigaban en la escuela porque echaba borrones en los cuadernos.

Fue y le digo a mi abuela: “Madre Asunción, cómprele usted una pluma a la prima que la que tiene está abierta y echa borrones y ella los echa sin querer pero es que la pluma está mal”. Inmediatamente fue al estanco de Félix Hoyo, no había plumas, a la tienda de Pedro el de la Gregoria, tampoco había y ya no las había hasta que no las trajeran de Orcera. Y ya tenía que seguir con aquella.

Y entonces mi prima no sabía cómo quitarme el castigo porque veía que yo no tenía culpa sino que la pluma no valía. Y al entrar a la escuela me dijo: “Prima, cámbiame la pluma”. A mí me extrañó mucho y me dije: “¿Para qué quiere mi prima que le cambie la pluma si la mía no vale?”. Pero ella llevaba su plan hecho. Se la cambié y me puse a escribir con la pluma de mi prima y aquel día no me salieron borrones. No me salió bien la escritura porque yo no escribía bien pero no me salieron borrones.

Cuando le enseñé el cuaderno a la maestra me dijo: “¡Qué bien, Mary Cruz, hoy no has echado borrones!”. Y yo me callé. Como era siempre tan cortica y tan tímida, me callé pero cuando presentó mi prima Ramona su cuaderno le dijo: “¿Qué es esto Ramona Manzanares, tú borrones?”. Y entonces ella con una sinceridad y una valentía, sin perder el respeto, le dijo: “Doña María, es que yo he escrito con la pluma de mi prima porque me duele el alma de ver que esta criaturica tan chica tiene que recibir un castigo todos los días por algo que ella no tiene culpa. Es la pluma que está rota y por eso al entrar hoy le he pedido que me la cambie y por eso ella hoy no tiene borrones en su cuaderno y sí los tengo yo. Esta criatura calla porque no tiene valor para hablar pero es que su pluma está mal”:

La maestra se quedó pasmá de ver la valentía con que expuso el problema sin perderle el respeto y preocupándose por mí que era su prima y más chica que ella. Además siempre me sentía acomplejadilla porque era cortijera. Así era mi prima Ramona Manzanares, así es y así será hasta que se muera y también todos sus hermanos.

Es mi sierra de Segura, cantarina en sus cascadas, famosa por su hermosura, por sus montes y cañadas. Allí triscan los corderos, cuidados por sus pastores, mientras cantan los jilgueros y brillan al sol las flores. Las aguas son cristalinas, brotando de sus entrañas, mientras danzan bailarinas de los árboles las ramas. Soplando sube y ligero, el viento de la mañana, impregnado de romero, de lirios y mejorana. Es bravía y seductora, al buen trato agradecida, de día es cantaora, de noche niña dormida. Me dijo un arroyuelo, entre otras maravillas, que quiso elevarse al cielo, transformado en banderillas. Y pa que no falte nada, dispuso sus Creador que armonice la alborada, el canto del ruiseñor. Y el Yelmo majestuoso, consciente de su grandeza, le preguntó a un arrebol, ¿Quién corona mi cabeza? Y él contestó presuroso, “¡tienes por corona el sol!”.

Continuará…
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