3.27.2007

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-4

VACAS Y NIEVE

Mañana iremos a los Villares a por mis vacas.
- Que entráis ¿por este lado del Calarejo?
- Sí, por este lado, a la punta de abajo y a las mismas casas de Los Villares. Pasamos por encima de los cortijos de Ruejo. Otro que va conmigo de la Loma de María Ángela que se llama Juan Antonio, ese me acompaña porque también tiene una vaca. Él sale desde la Loma y se sube por donde tú dices: los Astilleros para arriba. Allí nos juntamos.

- De la vida que tenía allí tu padre ¿qué recuerdas?
- La vida que tenía entonces, era como ya te he dicho. Cazaba turones. Don Miguel Alamino, en Granada, era el pellejero que le compraba las pieles. Trabajando siempre en el campo y con el ganado y por eso a mí la agricultura me gusta.
- ¿Y qué pasó aquel día de nieve?
- El día de nieve grande que fue el año 1992, me cogió, que tenía yo cinco vacas, por Cañada Somera. Eso está por la Sierra de las Villas. Como había una seca tan grande, las llevé hasta ese lugar y casi no había agua en los tornajos. Y las volqué por encima del Aguadero. Había mucho lastón seco y ni una gota de agua. Las dejé por allí y me vine.

Y aquella noche cayó una miaja “nevarrusca”. Pero es que a otra noche, pues ya cayó un poco más. Digo se bajará. No se paró y estuve tres días buscándolas por aquí y que ni Dios ni su madre. Que no las veía por ninguna parte. Ya a otro día saqué conmigo, a un zagal joven y otro que ha sido capataz mucho tiempo y luego pues hasta estuvo de “celador” de esos. Me dijo: “Yo voy a ayudarle”. Pero cuando salimos por el Aguadero con el nevazo que había, dando la nieve por encima de la rodilla, a un sitio que le dicen el Aguadero Alto, ya vi yo que el hombre estaba aburrido.

El otro, que se llama Bonifacio, como era joven, empezó a saltar a lo alto. Nos salimos para acá a venir a los Quemaillos. Desde allí no se veían, pero yo las llamé. Me las había dejado por lo alto de una loma grande. Al filo del Aguadero Alto. No las vimos. Ya nos vinimos por ahí a dar por encima de la Hoya de Miguel Barba, a un sitio que le dicen la Hoya del Aserraor, y bajamos por Aguas Blanquillas.

Al otro día, busqué a un coche de esos que van por todos los terrenos, hijo de uno que le decían José, pero no le decían nada más que Perillo. Nos llevó a mí y a dos muchachos que se llaman Uno Bonifacio y otro José el de Zarzalar. Nos fuimos por aquí hasta la Venta de los Agustines, saltamos pista arriba hasta donde nos encontramos unos pescadores. Tenían tapado el portillo y no me cayó bien porque no pudimos subir más. Podíamos haber subido todavía pista arriba hasta el Prado de los Chortales. Pero como se plantaron, las cosas como he dicho, del egoísmo, nos tuvimos que quedar allí. No se dan cuenta que es que todos necesitamos beneficio. Pues allí hubo que bajarse e irse andando que más de un kilómetro largo tuvimos que recorrer. Ya ves tú “trapaleando” nieve de esa manera. Desde aquel punto, nos tiramos más de veinte kilómetros andando.

Desde Cañada Somera, saltamos toda la sierra y venimos a caer al poblado. Cruzamos la sierra entera. Así que fíjate. Arrancamos por el Caballo del Torraso, cruzamos por Cañada Somera, desde arriba, luego a los Tornajos, salimos a lo alto de la cumbre al lindero donde hay un mojón de la Sierra de Las Villas. No es el mojón de los tres términos que se encuentra algo más arriba. De pronto, vimos rastros de las vacas. Donde sintieron que las llamé, en aquel punto nos la encontramos al otro día por la tarde. Donde me sintieron, allí acudieron a un sitio que le llama Los Bonales del Aguadero Alto.

Cuando las vimos era anocheciendo, a las seis de la noche. Tuvimos que dejarlas allí. Así que las llamamos y las reconocimos. No les había pasado a ninguna nada. Nos tiramos ladera abajo y así que nos metimos por esos pinares, con la oscuridad y nieve, cualquiera veía. Pero al fin pudimos bajar a la venta de Luis. Porque llevábamos una linterna nueva, que si no, entre la nieve de esa ladera nos hubiéramos quedado para siempre. Dijo: “Vamos y que el Aurelio nos ayude”. Pero no estaba. Se había venido al poblado. Ya es que no aguantábamos. Cogimos carretera adelante y a las tantas de la noche llegamos al pueblo. ¿Sabes tú cuantos kilómetros anduvimos aquel día pisando nieve y laderas? Más de treinta. Pero al final salimos y ahora todavía lo puedo contar. Los ramales que nos habíamos atado en los pies se los comió la nieve de tanta como pisamos.

Cuando ocurrió esto que te he contado, tenía yo setenta y nueve años. Los que fueron conmigo, yo nos los olvidaré nunca. Otros decían que si, que no, pero al final los que me acompañaron fueron estos. Así que esos, cuando yo me muera, se me irán de la imaginación, pero antes no. Acciones de sentimientos y fe, yo siempre las valoro. A las vacas no les pasó nada. En cinco días que estuvieron allí, nos le pasó nada. Tenían salud los animales y pudieron resistirlo.

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