3.25.2007

OCHO RUTAS HISTORICAS LITERARIAS-5



5- LOS PASEOS:
Hoya de la Sorda, Cortijo de Montillana


Las distancia:
Si nos bajamos siguiendo la pista de tierra que atraviesa los olivos, puede llegar al kilómetro y algo. Si nos vamos acortando las distintas curvas que traza este camino, el recorrido es menor.

El tiempo:
Hasta las ruinas del cortijo de Montillana, no se tarde más de veinte minutos, pero es obvio que también depende del ritmo que llevemos y lo despacio y a fondo que deseemos gozar los paisajes.

El Camino:
Este camino es un trozo de pista que baja desde el Camping de Montillana, Hoya de la Sorda, hasta enlazar con el que recorre las orillas de las aguas del Pantano del Tranco por Montillana y el viejo cortijo de Los Parrales.

El paisaje:
El punto de partida de esta ruta, es el mismo collado de la Hoya de la Sorda, justo donde se encuentra el camping. Desciende casi en picado buscando la hondonada del pantano y lo recorremos entre olivares, encinas, viejos robles, aulagas y muchas zarzas por el arroyo que nos va quedando a la derecha. Al frente nos va impresionando la vista de las aguas del pantano, las cumbres de Monteagudo, las aldeas en su ladera y más cerca de nosotros, el viejo cortijo de Montillana y las llanuras por donde se asienta. Poco a poco nos vamos metiendo en el corazón de lo que recoge el libro: “En las Aguas del Pantano del Tranco”.

Lo que hay ahora:
En cuanto paramos sobre la llanura del pequeño collado, a la derecha, si subimos desde el muro del pantano, vemos un panel que recoge algunas indicaciones de la ruta que vamos a recorrer : “Sendero Los Parrales, datos básicos: Longitud, 2,5 km. Tiempo aproximado: 45 m. Dificultad: alta. Tiempo de trazado: lineal”. Ahora dentro de un rato veremos que todos estos datos se nos esfuman porque la emoción y belleza de las tres rutas que vamos a recorrer, partiendo desde este punto, es una realidad mucho más profunda y grande.

Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que estos habitantes siempre tenían a su lado.

La vegetación que vemos aquí es: jaguarzos, coscoja, cornicabra, jara blanca, pinos carrascos y encinas, entre otros. Un gran pino carrasco que se dobla hacia las ruinas del viejo cortijo. Sobre el esqueleto de lo que fue el cortijo, se adivina que era bonito. Si lo rodeamos por detrás todavía vemos cómo estaba distribuido esta construcción. Las paredes están casi intactas, no el tejado, por la parte de atrás, una higuera que es donde tenía la puerta, se ven las distribuciones por dentro, un pequeño rodal de tierra con mucha hierba, que cae hacia el barranco y la higuera que todavía sigue con vida, pero comida por las zarzas y entre los escombros de las ruinas. Aquí es donde vivía aquella gente, buenas personas que penaron trabajando la tierra para sacar el pan que les daba la vida.

Desde aquí hay una vista muy bonita sobre las cumbres de Beas. Podemos recorrerlo y observarlo y aunque está roto casi por completo, todavía se ven las vigas de madera que eran las que sujetaban el tejado y la cámara, donde estuvo la chimenea, las habitaciones, la lacena, las paredes blanqueada con la cal que ellos mismo cocían en sus caleras, el corral de los animales, las piedras que formaban las paredes, calizas y la mezcla que las sujetaban y los marcos de la puerta y las vigas amontonadas. Con un poco de interés, podemos hacernos una idea de cómo era la vida de aquellas personas que un día se fueron y por el rincón quedan sus huellas, puede que, para la eternidad.

El sendero que baja es una pista de tierra que desciende hacia el cortijo de Montillana. Arranca justo a la derecha a la altura del camping Montillana y lo primero que tiene a su derecha, son dos grandes encinas que con su sombra cubre la tierra hoy tapizada de mucha hierba verde. El vestido hermoso de estas bellas sierras y las señas de identidad que remiten a lo sublime. Cantan los pajarillos, porque en primavera, todo este bosque se llena de mil pajarillos que anuncian y proclaman la vida y sube un aire fresco desde el barranco.

Desciende enseguida, cayendo casi en picado porque baja hacia la hondonada de lo que fue el gran Valle de la Vega de Hornos y se viene por el lado izquierdo de las ruinas del cortijo que dejamos atrás. Y baja cortado entre las dos pequeñas laderas del collado que va dando configuración a un arroyuelo. Se divide enseguida en dos: uno que va a la derecha, por entre los olivares que sera el bueno y otro que sigue casi al frente, más pegado a las partes altas del cerro y busca la ladera que se enfrenta a la aldea de Fuente de la Higuera. No es este el bueno y lo descubrimos enseguida.

Lo vemos cortado con una cadena y unas letras que dicen: “Camino particular”. Una alambrada protege las tierras y como nosotros ya vamos por el de la izquierda, seguimos bajando y en unos metros nos metemos por entre los olivos. Se ve que los todoterrenos si bajan a lo hondo y también los tractores cuando tienen que hacer alguna faena entre estos olivos. Mucho lentisco, zarzas, jara blanca y pinos grandes que tienen gran vistosidad.

Enseguida aparecen los olivos. Como dos pequeñas estacas a los lados por donde estaría la cadena cuando la ponen. A la derecha nos va quedando el arroyuelo que empieza a tomar forma y se le ve lleno de zarzas entre varios fresnos. Al frente y en lo hondo, el gran lago de las aguas del pantano, todo hermoso con sus tonos azules verdes y los reflejos de los montes y cielo que le rodean. Al otro lado se ven la Canalica y Fuente de la Higuera. Se ve el camino dibujando revueltas por la ladera. Desde aquí ya vamos viendo también la pequeña isla de Montillana. Es un puntal de tierra algo elevado que cuando el pantano se llena, queda rodeado por las aguas.

Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que estos habitantes siempre tenían a su lado.

La vegetación que vemos aquí es: jaguarzos, coscoja, cornicabra, jara blanca, pinos carrascos y encinas, entre otros. Un gran pino carrasco que se dobla hacia las ruinas del viejo cortijo. Sobre el esqueleto de lo que fue el cortijo, se adivina que era bonito. Si lo rodeamos por detrás todavía vemos cómo estaba distribuido esta construcción. Las paredes están casi intactas, no el tejado, por la parte de atrás, una higuera que es donde tenía la puerta, se ven las distribuciones por dentro, un pequeño rodal de tierra con mucha hierba, que cae hacia el barranco y la higuera que todavía sigue con vida, pero comida por las zarzas y entre los escombros de las ruinas. Aquí es donde vivía aquella gente, buenas personas que penaron trabajando la tierra para sacar el pan que les daba la vida.

Desde aquí hay una vista muy bonita sobre las cumbres de Beas. Podemos recorrerlo y observarlo y aunque está roto casi por completo, todavía se ven las vigas de madera que eran las que sujetaban el tejado y la cámara, donde estuvo la chimenea, las habitaciones, la lacena, las paredes blanqueada con la cal que ellos mismo cocían en sus caleras, el corral de los animales, las piedras que formaban las paredes, calizas y la mezcla que las sujetaban y los marcos de la puerta y las vigas amontonadas. Con un poco de interés, podemos hacernos una idea de cómo era la vida de aquellas personas que un día se fueron y por el rincón quedan sus huellas, puede que, para la eternidad.

El sendero que baja es una pista de tierra que desciende hacia el cortijo de Montillana. Arranca justo a la derecha a la altura del camping Montillana y lo primero que tiene a su derecha, son dos grandes encinas que con su sombra cubre la tierra hoy tapizada de mucha hierba verde. El vestido hermoso de estas bellas sierras y las señas de identidad que remiten a lo sublime. Cantan los pajarillos, porque en primavera, todo este bosque se llena de mil pajarillos que anuncian y proclaman la vida y sube un aire fresco desde el barranco.

Desciende enseguida, cayendo casi en picado porque baja hacia la hondonada de lo que fue el gran Valle de la Vega de Hornos y se viene por el lado izquierdo de las ruinas del cortijo que dejamos atrás. Y baja cortado entre las dos pequeñas laderas del collado que va dando configuración a un arroyuelo. Se divide enseguida en dos: uno que va a la derecha, por entre los olivares que sera el bueno y otro que sigue casi al frente, más pegado a las partes altas del cerro y busca la ladera que se enfrenta a la aldea de Fuente de la Higuera. No es este el bueno y lo descubrimos enseguida.

Lo vemos cortado con una cadena y unas letras que dicen: “Camino particular”. Una alambrada protege las tierras y como nosotros ya vamos por el de la izquierda, seguimos bajando y en unos metros nos metemos por entre los olivos. Se ve que los todoterrenos si bajan a lo hondo y también los tractores cuando tienen que hacer alguna faena entre estos olivos. Mucho lentisco, zarzas, jara blanca y pinos grandes que tienen gran vistosidad.

Enseguida aparecen los olivos. Como dos pequeñas estacas a los lados por donde estaría la cadena cuando la ponen. A la derecha nos va quedando el arroyuelo que empieza a tomar forma y se le ve lleno de zarzas entre varios fresnos. Al frente y en lo hondo, el gran lago de las aguas del pantano, todo hermoso con sus tones azules verdes y los reflejos de los montes y cielo que le rodean. Al otro lado se ven la Canalica y Fuente de la Higuera. Se ve el camino dibujando revueltas por la ladera. Desde aquí ya vamos viendo también la pequeña isla de Montillana. Es un puntal de tierra algo elevado que cuando el pantano se llena, queda rodeado por las aguas.

Según vamos bajando, porque la ladera se pronuncia cada vez más, al frente se nos va abriendo la gran panorámica de los montes donde se asienta Hornos el Viejo, El Carrascal, La Platera y más a la derecha, los barrancos hacia el Collado de Montero, con el arroyo de la Canalica, la aldea de la Canalica y Fuente de la Higuera. El pueblo de Hornos de Segura, se nos queda por debajo de las cumbres del Yelmo y el cerro de Hornos, pero al frente de nosotros y remontado en su roca y como si surgiera de las azules aguas del gran pantano.

Al venir por aquí, ya es bueno haber leído el libro “En las aguas del Pantano del Tranco”, porque al ver ahora los paisajes, sin duda que nuestro gozo a la vez que nuestra compresión, será mucho más completa. Ahora nos iremos haciendo una buena idea de lo que fueron, en aquellos tiempos, los paisajes de este esplendido rincón y lo que son hoy.

También al frente, pero ya un poco atrás y a la derecha, se nos alza el pico de Monteagudo. Son las doce y media de la mañana y el disco del sol, está en todo lo alto. Con razón aquellas personas tenían como referencia el gran picacho de Monteagudo, para saber en qué hora del día se encontraban y sobre todo, el medio día. Sobre las aguas del pantano se reflejan las laderas de este monte, con las aldeas de La Canalica y Fuente de la Higuera. Es una visión preciosa.

Y aquí por donde vamos andando, a la izquierda nos va quedando la cumbre de un pequeño cerrillo de tierra blanca poblado de jaguarzos, carrasca arbustivas, una encina bastante vieja y gruesa, mucho romero y aulagas que por estas fechas están florecidas. A la derecha, los olivos que son todavía jóvenes sobre esta tierra blanca. Y al fondo, las aguas azules del pantano. Y más a la derecha, por donde viene el camino bordeando las aguas, el bosque de pinos y entre ellos, el gran concierto de pájaros. Se ve, al frente, el cortijo de Montillana.

Saliendo de este cerrillo, la pista se divide en dos. El ramal de la izquierda, va al frente por entre los olivos y la de la derecha, sigue bajando en busca de la que sube desde el cortijo de Los Parrales. Aquí gira ahora hacia la derecha buscando el barranco por donde viene el pequeño arroyuelo que nace justo donde hemos cogido esta pista. Se ve al frente, con toda su majestad, la ladera repleta de olivos y arriba, la corona de pinos entre espeso monte bajo que es por donde se nos han quedado las ruinas del cortijo Hoya de la Sorda.

Según llegamos a la curva, descubrimos que por el arroyuelo baja un chorrillo de agua. Seguro que no será así en otras épocas del año, pero hoy sí tiene este chorrillo y muy claro. Ha llovido mucho este invierno y se puede adivinar que ya más metidos en verano, puede que no tenga agua ninguna. Pegado a sus zarzas crece el poleo y a las palomas torcaces, que toman bien las sombras y espesura de estos pinares, se les siente por entre las zarzas bebiendo.

La pista va tallada en la ladera de este cerrillo de tierra roja con betas blancas y gris ceniza, y también se adivina que su principal misión es para dar paso a los olivos que vamos atravesando. En cuanto damos la curva otra vez hacia la izquierda porque este camino desciende trazando muchos zigzags, enseguida a la derecha y abajo, el camino que viene desde el cortijo de Los Parrales. Arranca del muro del pantano, pasa por Los Parrales, el cortijo de Montillana, los parajes de El Chorreón y sigue hasta salir a la carretera por el río Hornos. Este es el camino que trazó la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir cuando terminaron de construir la presa.

Este camino es nuestro paseo dividido en dos preciosos tramos. Cogiéndolo en el cortijo de Montillana que es donde tiene su centro, hacia un lado y otro, quedan dos distancias casi iguales y repletas de mucha belleza. No es la cantidad sino la calidad, la calma, la reflexión y el gozo pausado lo que nos proporciona un placer grato y suave que cuela hasta lo más hondo.

Al llegar al puntalillo, otra vez se vuelve a dividir. Un tramo que sigue hacia el arroyo y desde aquí ya se oye el rumor de la corriente del arroyo de Montillana, y otro ramal que tira a la derecha y remonta, bajando, un puntalillo de tierra blanca con aulagas y olivos a la izquierda. Este es el que va al cortijo. Desde aquí mismo, si miramos hacia el arroyo, se ve la gran espesura de álamos que pueblan las orillas del cauce. Por ahí, narra María, mana la caudalosa Fuente del Tobazo. El manantial donde nace, con toda su fuerza, este arroyo de Montillana. Frente queda la ladera de olivos por donde está Fuente Mala y más para arriba, las Cuevas de Montillana, el barranco por donde baja el arroyo, arriba las cumbres y la ladera tupida de pinos. De la carretera para abajo, pinos y olivos.

“La Fuente del Tobazo, yendo por la carretera del Tranco hacia Cañá Morales, está a la parte de abajo de la carretera. Más abajo de la cueva y dando vista a Montillana. Es una fuente poco visible, yo no sé ya si después le habrán puesto algún pilar o la habrán señalizado de alguna manera. No lo sé. Yo me acuerdo de verla allí. Y por gusto, por complacer a mi hermano Cesáreos, fuimos una vez, mi hermano, su mujer, mi marido y yo. Echamos la comida y nos estuvimos todo el día en la fuente aquella, que como ya aquello lo anda menos la gente, pues estaba todo cubierto de zarzales y tuvimos que apartarlos como pudimos. Allí pusimos sandias y melones para que se refrescaran porque salía un agua que era gloria bendita.

Por esto te decía que está muy oculta. Hay que buscarla por entre la maleza y por esto creo que el arroyo de Montillana es el agua que suelta la Fuente del Tobazo. Aunque entonces había una desviación para no tener que subir a llenar los cántaros al mismo nacimiento. Había una desviación por una acequia que siempre estaba muy limpia y muy respetada porque ya sabíamos todos que de allí cogíamos agua para beber. Que había un árbol que me parece que era un fresno y allí sí estaba el agua encauzada con una teja donde se ponían los cántaros para llenarlos. Por las tardes, después de dar de mano de la trilla, es cuando mi hermano iba y llenaba los cántaros por el gusto de beberla tan fresquita. Y esa fuente no tiene más remedio que estar allí”.

Una alameda preciosa. Por entre los árboles, muchas zarzas, muchos juncos y rosales silvestres y el rumor de la corriente que ya se siente con toda claridad. Al girar un poco hacia la derecha, ya se ve perfectamente el cortijo de Montillana. La pista rodea el cerrillo de tierra blanca y vuelve a girar otra vez hacia el poniente, buscando ahora el arroyuelo que baja desde el collado del comienzo. Entre dos arroyos y por lo alto de pequeños puntales, es por donde desciende esta pista. Esta ladera ahora es más larga y sigue sembrada de olivos. Y aquí ya busca el camino que viene desde Los Parrales.

La distancia a recorrer no es muy larga y es ahora cuando se advierte mejor, pero como el camino desciende trazando zigzags para ir acomodándose a la ladera, el recorrido sí se hace más largo. Pero si se baja monte a través por la hondonada que trae el arroyuelo, la distancia es mucho más corta, aunque se pierden matices y comodidades. Nos acercamos al surco del arroyo que nos acompaña desde arriba por el lado derecho y por aquí, espesura de zarzas y monte bajo. Traza otra curva, la última, y se funde con la pista que sube desde Los Parrales.

A una distancia de quince o veinte metros, los dos caminos empiezan a ser paralelos en la dirección del cortijo de Montillana. Si nos venimos buscando el arroyuelo por fuera de la pista, podemos coger el que sube desde el muro del pantano. Entre un bosque de pinos grandes, es donde se juntan los dos caminos. El que ya hemos cogido, que es el de verdad bueno y bello, baja un poco porque también se adapta al terreno, por entre pinos, no olivares porque esto es ya tierra de la Confederación y atraviesa un puntalete y enseguida al fondo, vemos las llanuras y las ruinas del cortijo de Montillana.

En esta llanura, entre álamos, zarzas, juncos y pegado al arroyo, es donde estuvo instalado aquella zona de acampada libre. Después de dar esta pequeña curva según vamos bajando, gira otra vez a la izquierda buscando el arroyo de Montillana y se allana. Un precioso bosque de pinos largos y espeso con mucho romero florecido, cornicabra y por entre la sombra de este monte bajo, algunas orquídeas florecidas. Nos siguen acompañando las esparragueras, jara blanca, retamas y la espesa sombra de este fresco bosque de pinos.

Por estas fechas, todavía hay muchos zorzales escondidos entre las ramas de las cornicabras y los lentiscos que es la vegetación que más les gusta a ellos. Todavía no se han marchado estos zorzales que revolotean a nuestro paso mezclados con los mirlos y algunos arrendajos. Por encina vuelan los grajos y al fondo, sobre las aguas azules y cristalinas, se ven algunos patos silvestres.

El camino ya es precioso. Un trozo del paseo que viene desde el cortijo si hacemos la ruta que va desde este rincón a las ruinas del cortijo Los Parrales. Es precioso este camino y su rincón. Enseguida se allana y aparece la llanura. Las aguas del pantano, cerca y lo primero que asombra es verlo tan lleno como está hoy. Están aquí mismo remansadas entre retamas, muchos tarayes y una gran llanura. Ya se adivina lo que fueron las tierras de aquella vega sepultada por las aguas del pantano.

Se refleja el azul del cielo, porque estamos muy al nivel de las aguas y es como un mar de espejos que juguetean en un sueño mágico. Muy bonito este cuadro y la mañana chorreando esencia de aquellas ausencias y presencia de este perfume de primavera brotando.

Desde donde se junta el camino que baja desde la Hoya de la Sorda hasta el cortijo de Montillana, pues habrá, unos doscientos metros. El arroyo nos lo encontramos un poco antes. Y ahora vamos a cruzarlo. Al llegar aquí tenemos la sensación como si de pronto descansáramos porque la tierra se suaviza. Totalmente llana. Si miramos, según vamos acercándonos al arroyo por donde se oye la corriente saltar, si miramos hacia arriba y al frente, nos sorprenden las cumbres de Beas, las nubes blancas y los azules intensos del cielo coronándolas, el bosque de álamos en primer plano, mezclado entre pinos y majoletos, rosales silvestre, juncos y retamas, mucha hierba baja y esparragueras.

Sobre la tierra del camino, el tapiz de hojas viejas que en el otoño pasado cayeron de estos álamos, la dulce llanura por donde vamos cruzando y nos aproximamos al arroyo. Por momento se oye más el rumor de la corriente saltando y ya estamos en el puente que levantó la Confederación. Antes de entrar en él, a la izquierda, uno de los mojones que también pusieron por aquí. Es de cemento, algo cuadrado y con tres letras grabadas: C.H.G.

Es bonito este puente de piedra que fue construido a conciencia y vemos la preciosa corriente que limpia y fresca, viene buscando el descanso en las aguas del remanso grande, ya sólo a unos metros. A la izquierda nos queda un álamo lleno de madreselvas, zarzas y juncos. A la derecha nos escolta las zarzas y enseguida, a la derecha, un pequeño portillo por donde se sale a la llanura donde estuvieron las hornillas de aquel camping y la fuente que por ahí también construyeron.

Y remonta un poco la pista y enseguida, arriba y sobre el cerrete, adivinamos las ruinas del cortijo. Están aquí mismo, pero no las vemos hasta que no remontemos. Y de pronto, la pista se viene por la izquierda y nosotros nos desviamos por un viejo camino bastante en desuso, a la derecha para llegar al cortijo. Avanzamos unos metros, pisando la espesa hierba y a la derecha y ahora ya un poco desde lo alto, vemos la llanura donde estuvo la zona de acampada libre y las cocinas de piedra. Más retirado se mecen las aguas del pantano y el arroyo fundiéndose con ellas.

Y al frente, nada más coronar, el viejo e histórico cortijo de Montillana. Todavía tiene su tejado y las paredes intactas por lo cual no es difícil adivinar cómo fue este cortijo. Por detrás, el lado por el que entramos, una empalizada reciente que sirve para recoger ganado. El caminillo que sube le entra por el costado que mira al sol de la tarde. Lo rodea un poco y por donde están las aguas del pantano, la gran explanada que fue era. Esta es la puerta.

Una higuera cubierta por completo de zarzas, un gran álamo todavía por aquí clavado en la tierra, pero seco y tronchado por la mitad y el tronco blanco. Y por la parte que mira al pueblo de Hornos, ya se ha caído bastante la pared del cortijo. Entre el cortijo y las aguas del pantano, la grandiosa explanada vestida de hierba y el frente y al otro lado del gran lago, las otras aldeas y las laderas teñidas de oscuro bosque. Las baña el sol y duerme en silencio un mundo hermoso que no ha muerto.

Otro tronco de álamo también caído y roto en dos mitades. Una se tiende en el suelo, sin corteza ya y blanco por las lluvias y el sol y la otra mitad, todavía sigue hincada en su tierra, pero sin vida y, además, astillada y hasta podrida del tiempo. ¡Si pudieran hablar estos dos trozos de álamo, sin vida hoy y en otros tiempos, tan llenos de sabia y hojas frescas! ¿qué nos dirían? Y ella, la niña humilde que llenó con sus juegos los aires y tierras de aquellas praderas hoy bajo las aguas, responde:

“Entonces, en ese sitio donde hay tantas zarzas, no las había porque todo estaba muy cultivado y muy bien criado y allí no había zarzas. Porque estas plantas suelen criarse en los linderos que nadie cultiva, como los arroyos, los cibantos, los padrones. Esas zarzas, han nacido después al estar el terreno descuidado. Y esos troncos de árboles sin vida, eran en aquellos tiempos, árboles deliciosos, grandísimos, frondosos y con una frescura y una hermosura que eran todo una maravilla. Y sobre todo, el lilo y los rosales silvestres, posiblemente sean los mismos que había en aquel hermosísimo jardín. Estaban muy bien cuidados y por la orilla del jardín, pasaba esa acequia. Con el agua que por ella corría, se regaban las plantas de este jardín. Muchos manojos de las rosas que daban esos rosales, fueron a parar a mi casa porque me las regalaba doña Rosario”.

Los miramos y se ven frente justo a Monteagudo, las aguas del pantano y muchas zarzas aquí mismo. Por entre ellas se ven todavía algunos granados y algunas higueras, fresnos, rosales silvestres, juncos, un torvisco y un arbusto menudo, un espino, totalmente cubierto de flores blancas. La hierba tapiza por completo el rodal de tierra que fue la era.

“Los granados sí estaban cultivados porque las granadas servían de postre en los inviernos. De eso sí que me acuerdo también. Y si pudieran hablar todos estos árboles pues podrían contar cuántas vivencias tuvimos allí, cuánto jugamos los niños y las niñas en aquella plazoleta. Doña Rosario y don Justiniano no tenían nada más que un hijo, Juanito, y era mayor que nosotras. Pero los otros niños que vivían allí, que era el Pequeño Ruiseñor y sus hermanos y hermanas y mis primas Francisca y Virginia que muchas veces íbamos allí, por lo bonito que era el cortijo y el jardín y a visitar a la familia, cuántas tardes jugamos en aquella era tan parecida a un pequeño edén de tantos árboles y sombras”.

Me acerco y cojo una ramita de este espino de flores blanca de nieve y al olerlas percibo el perfume de miel. ¡Qué delicia y qué sensación de estar tocando la vida de aquel pasado con el silencio y la ausencia de este presente! Aquí al lado, dos rosales silvestres. Muchas plantas ya tienen sus nuevas hojas brotadas y abiertas. La acequia por donde venía el agua para regar las tierras. Y por la parte que mira a Hornos, el álamo tronchado y podrido, un ciprés viejo, una higuera y el cortijo caído. Por este lado se ha hundido. Se ven las vigas, trozos de aquellos viejos pinos, muchas zarzas cubriendo y llenando la tierra y saliendo de entre ellas, granados y fresnos.

“En aquella era claro que se trillaba. Y por la parte de abajo del cortijo, había una vereda que desde el Soto de Arriba iba hasta la Fuente del Tobazo. Por allí pasaban mis hermanos y las personas que iban a por cántaros de agua fresquita a esa fuente. Estaba más arriba del cortijo, pero había que pasar por entre el cortijo y el arroyo”.

Y de pronto, un lilo. Lo miro y me asombro por lo que representa como eslabón entre este momento presente y aquel pasado en silencio y enterrado como para la eternidad. Ya tiene brotadas sus nuevas hojas y entre las zarzas, la tierra hozada de los jabalíes. Por este lado que mira a Hornos de Segura, se puede salir para buscar el camino que viene desde Los Parrales y continua hacia El Chorreón. Pero este rincón es precioso. Para estarse aquí, sin prisa y dejar que el corazón se empape de lo que late y sólo se oye con los oídos del alma.

“Para mi padre y madre, el cortijo de Montillana, tenía recuerdos muy grandes porque en él vivieron mis abuelos paternos, como ya te conté y allí se casó mi tío Ramón, que era el mayor de los hermanos, y en este cortijo fue la boda. Y mi padre contaba una anécdota muy graciosa que fue lo siguiente: como la boda se celebró en el cortijo, allí pusieron las trébedes grandes para guisar la carne y cuando terminaron, al retirar las trébedes de la lumbre, estaban rojas. Las pusieron en la calle y mi padre, que entonces era pequeñico, porque él había nacido en Los Parrales y cuando se mudaron allí, todavía era niño.

Y al ver los hierros de aquellas trébedes color rojo, tan bonico, como decía él, se creyó que aquello era otra cosa y fue y las cogió con la mano y se achicharró. Salió corriendo y se metió por entre los de la boda llorando y con la mano extendida y todos los de allí: “¿Pero hombre qué has hecho?” Le preguntaban y él: “Pues que he cogido las trébedes bonicas”:

Mi tío Ramón, como te vengo diciendo, se casó con mi tía Espíritu Santo, que era hermana del hermano Frasquito que vivía en la Tejera. Su mujer se llamaba la hermana Aurelia. La Tejera es un cortijo que había más arriba de Cañá Morales.

De la acequia lo que recuerdo es verla pasar por entre el cortijo y el jardín y ya seguía para abajo, en dirección a la Vega. Pero yo no sé dónde terminaba. Servía de riego a todas aquellas tierras y supongo que iría a desembocar al río Hornos. Y claro que este rincón sí es en mi memoria un recuerdo florido y bonito que se niega a desaparecer. Que se resiste morir porque fue bello un día y estuvo alimentado del amor de las personas que por allí lucharon. Y aquellas bellezas que son transparentes, yo sé que no mueren nunca aunque la tierra se transforme y los caminos se borren”.

La fragancia eterna:
La primavera ha ido llenando los campos y como a lo largo del invierno que ha pasado, las lluvias sí han sido abundantes, la hierba por la tierra y las fuentes en las laderas, han brotado con la fuerza de lo nuevo y ya con la primavera bien avanzada, todo queda y aparece, grandemente colmado.

Pero como en estos dos últimos meses, las lluvias han brillando por su ausencia, aunque la primavera, hoy ya final de marzo, ha ido apareciendo con el vigor de lo limpio y fresco, la verde hierba, poco a poco se fue secando igual que le ha pasado a las sementeras de los trigos y de las habas y a los maizales y también la cebada y a los garbanzos y a las fuentes que manan por los cibantos y por los otros cortijos de la sierra y en las pequeñas aldeas y por eso ya las personas estaban diciendo: “Esto lleva mala pinta, porque nos pasará como el año pasado que antes de que acabe el mes de abril, la mitad de la hierba y las cosechas, se habrán secado”.

Pero como Tú que viste, con los colores de lo hermoso, a las violetas humildes y haces brotar las semillas y das de comer a los mil pajarillos que adornan los campos, hoy has hecho que las nubes cubran el cielo y esta noche, cuando todo estaba callado, la lluvia ha caído mansamente sobre la hierba fina y sobre el bosque espeso de las hojas que se mecen en los álamos y sobre toda la tierra hermana y ahora, esta mañana templada de treinta y nueve de marzo, los paisajes enteros, por llanuras, laderas y barrancos, están vestidos de perfume o de gloria bendita o de mil gotitas de rocío que tiemblan en las hebras de la hierba, llenando de una frescura nueva que anuncia y sigue anunciando, la cara dulce de la primavera y a la mañana hermosa con su momento mágico.

Y claro que en estos momentos me acuerdo de aquel lejano día cuando todavía padre era rey en esta Vega y era hermano de los cantos de los ruiseñores y hasta me parece que lo estoy viendo tumbado allá en aquella cama de nieve y era de madera seca y de monte viejo y a su lado, a madre que con su amor de reina, le está diciendo: “Con ese refriado que en tu cuerpo tienes, tú no te levantas hoy ni sales de esta casa”. Y él que era valiente: “¿Pero y los campos?” “Los campos, que esperen y si el trigo está gritando en la tierra de la ladera, ya vendrá Dios y con su mano, derramará su amor, como lo hace con los pajarillos y con los lirios que también llenan los campos”.

Y recuerdo que aquel día por la ladera que ahora mismo voy atravesando, pastaba el rebaño de las cabras comiendo los tallos tiernos del romero y llenando de música, los cencerros, la umbría florecida y la espesura del barranco, cuando a media mañana se acercó a ellas el amigo muchacho que era el que siempre las cuidaba y en cuanto estuvo a su lado, las llamó y aquello fue como un asombro de belleza porque los animales, al oirlo y verlo allí en el centro, transmitiendo el mensaje de cariño que salía de su corazón enamorado, dejaron de comer su monte y al instante, se pusieron a mirarlo y con las orejas inclinadas hacia las palabras que pronunciaba el muchacho, parecían decirle que allí estaban ellas, a su lado y dispuestas a seguirle a donde él quisiera porque ellas le amaban y lo sentían como al amigo, al rey y al buen hermano.

Y ya digo que bien recuerdo aquel día de aquella primavera perfumada por aquel valle tan repleto de esencias y fuentes brotando y hoy, cuando ahora bajo la lluvia nueva que llega como agua en el mes de mayo, vengo empapando mi alma de aquella fragancia, me digo que todo parece como si todavía por aquí nada hubiera muerto sino que las cosas y las sementeras con el sudor de ellos, parecen como si sólo se hubieran transformado y lo que tenía el sello de lo inmortal, que era mucho, por aquí sigue, conmigo y entre el cuidado de tu amor divino, hoy y mañana y siempre, palpitando.

Más información de este Parque Natural en:

http://es.geocities.com/cas_orla/

Las fotos más bellas del Parque en TrekNature

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