3.23.2007

OCHO RUTAS HISTÓRICAS LITERARIAS-1


1 - Muro del Embalse del Tranco, Cañada Morales. Carretera. Andando, bicicleta o coche.

La distancia.
Desde el muro del Pantano al Camping, hay tres kilómetros trescientos metros y hasta la aldea de Cañada Morales, son unos 7 km. La carretera que vamos a recorrer es la A-319, según la nueva señalización de hace poco.

El tiempo.
En coche, son unos siete u ocho minutos yendo despacio para gozar el paisaje. Andando puede tardarse una hora y media y sería un paseo delicioso sobre todo en esta época aunque lo mismo da, porque en otoño o invierno, también es bonito.

El Camino.
Justo en el muro del pantano, existe una amplia explanada asfaltada y desde aquí hasta Cañada Morales y luego hasta el pueblo de Hornos y Cortijos Nuevos, es carretera asfaltada que discurre a media ladera sobre las aguas del Embalse del Tranco.

El paisaje.
A la derecha, según subimos desde el muro hacia Cañada Morales, nos va quedando una preciosa panorámica sobre lo que fue el antiguo Valle de la Vega de Hornos, hoy bajo las aguas del pantano. A la izquierda, la preciosa ladera que desciende desde las Cumbres de Beas, toda poblada de pinos. Aquí fue donde ocurrió aquel primer incendio recogido en las páginas del libro “En las aguas del Pantano del Tranco”.

Lo que hay ahora.
A la derecha, según llegamos por la carretera que sube por el Guadalquivir desde Villanueva del Arzobispo, existe una explanada con algunos chiringuitos y, algo en la ladera del cerro, algunas casas que son construcciones de cuando se levantaba el muro de la presa. Eucaliptos, pinos e higueras. A la derecha nos van quedando las azules aguas del pantano. Nada más salir de la explanada, a la derecha hay una pequeña pista que baja a las aguas donde existen algunas barcas que se pueden alquilar para dar un paseo.

La carretera discurre entre pinos carrascos y a la izquierda nos queda ya una gran pared de rocas que baja desde las laderas que nos van coronando. A la derecha, un puntalillo donde existe un pequeño chiringuito con un mirador sobre las azules aguas del pantano. Hay una explanada muy bonita donde se puede aparcar bien. El pantano se nos muestra recogido en la estrecha garganta donde tiene el muro y algo más hacia el centro, lo que en aquellos tiempos fue la junta de los ríos, ya se divide en las dos grandes colas. La de la derecha es la del Guadalquivir y la de la izquierda la del río Hornos.

En los días de sol radiante, como pudiera ser hoy mismo, catorce de marzo de 1998, si se mueve el viento, no muy fuerte, se ven las aguas del pantano irisada por completo y sobre la superficie, mil olas pequeñas que son como trozos de espejos, al ser besados por el sol, brillan en la forma y belleza que lo haría un cielo cuajado de estrellas. Es una visión realmente hermosa porque pareciera que las aguas azules de este pantano, que de tan azules y profundas, son casi negras, estuvieran ardiendo con infinitas estrellas que parpadean y son los reflejos del sol que se quiebran sobre las ondulaciones.

En la orilla de enfrente, por donde va la carretera hacia Coto Ríos, sobre la tierra desnuda, se quiebran aun mucho más. Con movimientos de apagarse y encenderse como si fueran pequeñas bombillas de Navidad. Es precioso. Ya al fondo, las aguas se ven mucho más tranquilas y sin reflejos del brillante sol primaveral que esta mañana baña toda la sierra. Cantan los pajarillos en este día porque muchos han vuelto de aquellos lugares lejanos y la tierra, pues muestra la primavera algo adelantada porque se ven muchas plantas brotadas como las margaritas y los pinos, también con sus flores abiertas y esparciendo polen al viento.

Justo encima de este primer mirador, nos queda Piedra Capitana, que es un gran paredón de rocas que por aquí la carretera tuvo que cortar para atravesar y seguir. La ladera se ve cubierta de pinos y arriba, en todo lo alto, los más atrevidos, cuelgan en el vacío asomados al precipicio. Es un rincón bastante bonito para saborearlo despacio en el arranque de esta ruta que nos irá, poco a poco, adentrando a un núcleo fantástico y lleno de hondas bellezas.

Cincuenta metros, avanzando desde el mirador, en la curva justo donde Piedra Capitana cae hacia la carretera, en roca color caramelo, hoy descubro unas matas de hierba que están florecillas y son como pequeños moños que cuelgan de la misma piedra y como tienen tantas flores pequeñas, blancas y algo azuladas, son preciosas, mirando al sol de media mañana. Toda la pared está cubierta de estas macetas de flores abiertas como si estuvieran saludando a la primavera y realmente sí son bonitas. Desde aquí, estamos casi frente a lo que sería la cola que va hacia Coto Ríos y la que nos queda a la izquierda que es la de Hornos. El romero también está florecido pero es normal porque este año, incluso en el mes de enero, lo he visto en flor.

A unos setecientos metros del muro del pantano estamos casi en lo que sería el corazón de las dos colas de este gran embalse. Todavía y a la izquierda, Piedra Capitana nos va acompañando mientras la carretera se enfila algo más recta hacia el final de este pantano. A unos novecientos metros del muro, a la derecha sale una pista de tierra que es la que viene desde el cortijo de Montilla, porque esta pista es el antiguo camino que por aquí trazó la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir.

Nos siguen escoltando los pinos carrascos y si miramos a la izquierda, que es por donde la cumbre nos remonta, se ve el cielo azul y algunas nubes blancas revoloteando por lo más alto. Por la derecha, continuamente las aguas del pantano y, a un kilómetro cuatrocientos metros, se nos abre al frente el gran macizo de Monteagudo. Por su ladera se cuelgan Fuente de la Higuera y la Canalica, núcleo del libro que recoge la vida de esta Vega, perdida hoy, en aquellos tiempos.

A un kilómetro seiscientos metros, se desvía otra pequeña pista a la derecha que va también hacia el rincón del cortijo de Los Parrales. Todo como si confluyera buscando el corazón de aquel hermoso valle donde estuvo el cortijo del Soto de Arriba. A dos kilómetros, a la izquierda nos aparece un gran corte de rocas y la carretera lo atraviesa cortándolo y quedando a la derecha un espigón. Subido en él, se nos abre una preciosa vista de todo el pantano hacia la Isla de Bujaraiza.

Al frente y sobre el cerrillo, se ve el hotel Los Parrales, antigua casa forestal hoy acondicionada y que es bonita. Justo está construida en lo alto de un espigón de rocas que caen hacia las aguas del pantano y abajo, el nido donde se recogió el cortijo de Los Parrales, escenario central de este trabajo que se completa en el libro del Soto.

La carretera sube un poco hacia la izquierda, para atravesar una pequeña hondonada y enseguida, al frente, una gran parte de las Cumbres de Beas. Mucha cornicabra, coscoja, romeros y pinos es la vegetación que por aquí nos va acompañando. Al cruzar la hondonada, una cuestecilla que remonta suave y el mural donde se anuncia el Hotel de Los Parrales.

Y aquí justo al dar la curva, a la izquierda, sale una pista que está cortada con su cadena y sube a la cumbre del Quijarón. La carretera sigue subiendo suavemente por entre pinos y a la derecha, la depuradora del agua del Camping que nos tropezaremos en unos segundos. Una pequeña recta y enseguida se ve la casa que fue de peones camineros, que está a la izquierda, un espeso bosque de pinos y en el muro que da a la carretera, con letras grandes, escrito: Camping Montillana.

Nada mas remontar, a la izquierda vemos la zona de acampada y a la derecha, un panel que anuncia el arranque de la que serán nuestras tres rutas estrellas: Hoya de la Sorda, El Chorreón, Los Parrales. En el panel podemos leer: “Sendero Los Parrales, datos básicos: Longitud, 2,5 km. Tiempo aproximado: 45 m. Dificultad: alta. Tiempo de trazado: lineal”. Ahora dentro de un rato veremos que todos estos datos como que se nos esfuman porque la emoción y belleza de las dos rutas que vamos a recorrer, partiendo desde este punto, es una realidad mucho más profunda y grande.

Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que ellos siempre tenían a su lado.
Al volcar desde la Hoya de la Sorda, siguiendo la carretera y antes de cruzar el arroyo de Montillana, se ve una magnífica vista de toda la cola del pantano. Desde las aguas hacia la carretera y la ladera que sube, queda ampliamente derramadas bajo nuestros ojos y al frente, las otras aldeas entre los bosques y las cumbres que las coronan. En la segunda pequeña curva hacia el arroyo, a la izquierda, el bosque de pinos y la carretera tallada en la pendiente de la ladera.

Por el lado derecho, la calzada de la carretera está sujeta con poyetes de cemento y justo desde aquí, al frente, se ven las viejas casas de las Cuevas de Montillana. Hay un espigón rocoso y en su corte fue donde metieron estas humildes viviendas. Un puñado de casas, hoy comidas de zarzas y destrozadas por las inclemencias del tiempo pero seguro que ahí vivían varias familias. Por encima de ellas y en al paredón rocoso, se ve la cueva.

A la izquierda nos queda un trozo de olivar y más para arriba, los pinos. Se ven los álamos que van cubriendo toda la caída del cauce de este arroyo hasta las mismas aguas del pantano. Cruza la carretera el arroyo y a la derecha, el viejo letrero donde se puede leer: “Cuevas de Montillana”. Se abre la curva hacia la derecha y al frente, al otro lado de la gran vega cubierta de agua, la imponente figura de Monteagudo.

Y al remontar y girar, enseguida otra pequeña curva a la izquierda y ahí mismo, un fresno a la derecha y debajo y entre un bosque de pinos, Fuente Mala. Un gran caño de agua es lo que siempre brota por aquí y un pilar de cemento como preparado para que beban los burros y mulos, de aquellos tiempos, por supuesto. Como ya la conozco, casi siempre que paso por el lugar me paro a beber pero esta fuente, queda inadvertida casi por todas las personas que surcan esta carretera. Es lo que me pasó a mí en aquellos años.

Una reducida extensión de tierra, a la derecha de la carretera donde se puede dejar el coche y desde aquí baja una sendilla hasta la fuente. Se ha ido haciendo de pasar las personas que por aquí vienen. Según bajamos, a la izquierda nos queda un buen bosque de pinos. Su sombra y en los días que se aproximan, primavera avanzada y verano, nos pueden servir para un descanso largo.

Fuente Mala, ya lo decía, tiene un gran caño de agua y un pilar. El rincón donde se encuentra es muy bonito por su vegetación y la tranquilidad. Arrancando desde el lugar, la carretera transcurre suave, bien elevada sobre el pantano y desde aquí, la pequeña recta, se divisa con toda claridad el cortijo de Montillana, la isla, las tierras antes de la isla y las aguas hacia la otra vertiente. Monteagudo nos queda al frente total.

Gira la carretera un poco a la izquierda y ladera arriba, monte bajo y pinos altos y torcidos hacia la carretera. Un buen peñón arriba y en una curva menor que viene hacia la derecha, al borde, se extiende una llanura de tierra. Este lugar es el mejor mirador natural para gozar ampliamente de toda la cola del pantano y las tierras que le rodean. Muchas personas se paran aquí y se quedan admirados por la gran belleza.

Si ya conocemos un poco la historia que se recoge en las paginas del libro “En las aguas del Pantano del Tranco”, es el momento para observar los escenarios e ir encajando las piezas. Desde ningún otro punto se puede gozar de una más completa panorámica. Se ven las aldeas y con perfecta claridad, la isla de La Laguna. Hoy, las aguas cubren hasta casi el mismo borde.

Aquí mismo crece un almendro que da frutos dulces y ahora que todavía están casi en flor, ya muestra sus ramas con un buen puñado. No ha hecho mucho frío este año y por eso tiene muchas almendras. También está ya cubierto por completo de hojas nuevas. Desde aquí hacia el rincón de El Chorreón, toda la ladera poblada de olivos y entre ellos, almendros que se adaptan bien a las ásperas tierras.

Arrancando desde este mirador sin acondicionar y, mientras recorremos la recta que hay, vemos al frente y con una claridad impresionante, el pueblo de Hornos de Segura. Por encima de sus casas, la impresionante mole del pico Yelmo. Blanca y en todo lo alto, las construcciones para la repetición de señales de radio y televisión. A la derecha olivas y a la izquierda, la ladera con sus rocas y algunas encinas que caen en la dirección del barranco. Atravesamos un trozo de olivar y ya la carretera se retuerce armoniosamente hasta derramarse en la llanura de Cañada Morales.

Unos metros antes de tomar la llanura que precede a la aldea, en una curva, una pequeña fuente trabada en la pared de la izquierda con su cañito de agua. Si no vamos atentos, también nos pasaremos sin verla. Un gran pino por la parte de arriba y si nos asomamos hacia abajo, se ve la pista de tierra que sube desde el barranco de El Chorreón. Por aquí también se puede ir a ese rincón pero es otra cosa. Justo en esta fantochada está el kilómetro seis doscientos desde el muro del pantano.

A unos cincuenta metros más adelante, un gran pino que se abre con cuatro pies, muy bonitos. La carretera empieza a caer, sin dejar de trazar pequeñas curvas hacia las casas de la aldea. Precisamente este accidente del terreno es una cañada que se recoge entre varios cerros que caen y quedan frenados antes del valle. Una antigua aldea muy bonita, donde hubo una fábrica de aceite y ahora, pues todavía viven aquí algunas de aquellas personas.

A la derecha, Cañá Morales, la explanada que atraviesa la carretera y a la izquierda, al final de la llanura, el hotel Los. Un edificio nuevo. Justo en el kilómetro siete desde el muro del pantano, se alza Cañada Morales. En esta llanura donde ahora se alza el hotel, es donde amontonaban las traviesas que sacaban de los pinos de estas sierras. Por aquí pusieron grandes máquinas con las cuales cortaban los troncos de los pinos, sacaban de ellos traviesas para las vías del tren y las apilaban en esta gran llanura hasta que llegaba el tiempo de llevársela flotando por la corriente del río Guadalquivir hasta la estación de Jódar donde las sacaban del río y las cargaban en vagones de tren. Esta hermosa llanura, en aquellos tiempos, fue un hormiguero de personas trabajando en la madera que sacaban de la Sierra de Segura. Fue esto por la etapa de la Renfe.

Frente al hotel, a la derecha y sobre un cerrillo, la ermita de esta deliciosa aldea, tan recogida ella en su tierra amada, en su silencio y como ajena a los que por aquí vamos y venimos. Volcando un poquito, nos queda Guadabraz, El Majal y El Tóvar. Tres pequeñas aldeas que se aplastan humildes en las tierras fértiles de esta sierra que tanto las quiere.

La fragancia eterna.
Y la otra cosa es que, mientras tú ibas andando por la senda del cerro de la ladera con la visión del cortijo sobre la lomilla y un poco a tus pies, a pesar del verde de esta ladera por la vegetación y la abundancia de pinos, el suelo, la tierra que pisabas, no se parecía a ninguna de las tierras que hasta hoy conoces. Por una extraña sensación real o sólo sentida, tus ojos captaban una tierra llena de brillo parecido a ese que refleja el charol cuando lo tocas. Y no era esto lo más llamativo sino que sobre esta tierra tan llena de esa extraña belleza ibas descubriendo huellas de pisadas humanas.
- ¿Qué son?
Preguntaste al padre del joven que en estos momentos te acompañaba y en tu interior sabías que él era el más profundo conocedor de cuanto late y respira en estos montes.
- Las he visto muchas veces yo. Ellas son las huellas de aquellas personas atravesando los cerros de estas sierras y que se han quedado aquí para que no se nos olvide que todo esto tuvo su historia.
- Una historia, por lo que se ve, llena de vida y por ser de gente humilde y sin estudios no quedó escrita en ningún libro y estas huellas serían precisamente eso: los libros no escritos pero llenos de mensajes imperecederos para que sepamos de ellos.
- Exactamente, eso son estas huellas que, además, encierran otro pequeño gran misterio.
- ¿Cuál es?
- Que son invisibles para mucha gente. Sólo pueden verlas y gustarlas algunos y más que desde los ojos de la cara, desde dentro.
- Algo así como dice el libro del Principio que sólo se ve bien con el corazón.
- Algo así y parece que este es el principal atractivo de estas huellas que se extienden por toda la sierra y todos los rincones, arroyos, laderas y valles de estos montes.
- Pues todo un fabuloso tesoro que anda perdido, ignorado y desconocido para casi todo el mundo. Tienes que tener cuidado porque si de esto se enteran algunos, ya verás lo que harán de estas laderas y arroyos.
- Y sobre todo si se enteran algunos de esos que se pasan la vida diciendo que el mundo, la tierra y todo el planeta e incluso la creación entera, ha sido puesta aquí para que el hombre la domine, la transforme y haga de ella lo que le apetezca.
- Exactamente eso es lo que pienso.

En fin, esto es lo que tú viste aquella noche en tu sueño y ahora que andas por aquí te dices que en realidad entre aquello y esto sí hay algún parecido. Aunque el cortijillo es sólo unas cuantas paredes de piedra color chocolate ya bastante caídas, comidas por la vegetación y sin señales ninguna de vida humana. ¿Quién vivió aquí y en qué época? Interrogantes que se te amontonan en el río de todas esas experiencias que tienes de estas sierras quizá para quedar ahí eternamente arrinconadas y sin respuesta. El silencio y la soledad de estos montes hacen todo lo demás.

Pero ellos, desde tiempos lejanos, se refugiaron en el rincón y en noble amor por la tierra, la llenaron del sudor de sus frentes y de la vida que les corría por el corazón callado y como la tierra los amó, cada mes y cada año, ella les dio su fruto en forma de trigales verdes y de habas frescas que relucían al sol de la mañana y de fuentes claras y unos días más tarde, en forma de trigo dorado que se convertía en harina blanca y en pan candeal que de nuevo daba la vida y devolvía al corazón, el calor y amor que del corazón había salido.

Y a ellos, un día los echaron aquellos segundos que llegaron y luego los fueron acorralando las propias aguas de este pantano y los que después hemos llegado y ellos, siempre vivos y abrazados al tiempo que nunca los olvidó y ahora, aquella tierra que fue sangre porque fue hermana en la propia sangre y en el beso de amistad al brotar las primaveras cada año, los sigue llamando y esperando porque los quiere y en la soledad y la tarde, está contenida, soñando.

Y la tierra, porque fue hermana del alma del que fue hermano con ella, sigue esperando que un día vuelvan al rincón y a la luz que por derecho les pertenece y por eso, mientras ando callado y oigo la voz de los que fueron primero y desde el amor que nunca pudre el tiempo, percibo y gusto la forma de aquel beso que está eterno brotando de la tierra y con su melodía diciendo: “Ellos se fueron pero su esencia quedó en el rincón y aunque pasen mil siglos y tanto cambie todo de nuevo, el rincón les pertenece porque lo amaron desde lo más limpio y duro y por eso espera que vuelvan, quizá con el perfume de cualquiera de estas muchas primaveras o con el sol que va de la mano del viento o con el verde de la hierba, porque ellos, amaron tanto a la tierra que además de hacerse sudor con ella, también se hicieron sueño y trigales frescos que da la vida y con el inmenso azul del cielo, la fuerza que transmite un perfume de olor eterno”.

Más información de este Parque Natural en:

http://es.geocities.com/cas_orla/

Las fotos más bellas del Parque en TrekNature

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